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Tobías, el caminante

Esa mañana de martes, Tobías recorría las calles blancas, calles de esperanzas azules, de brisas de lilas y de ecos de pájaros. Tobías caminaba tranquilo, ajeno a los chicos que pasaban en bicicleta, distante del bailoteo habitual de las escobas en las veredas, lejos de los saludos y de las miradas. Y así, ensimismado en su propia compañía, Tobías andaba.




Se detuvo a mirar una casa. Las tejas rojas volaron una a una, hasta que dejaron el techo plano, igual a aquel otro sobre el que al final de cada tormenta del otoño, un hombre alto y su hijo bajito se subían para sacar las hojas atascadas en el desagüe y para mirar desde arriba los campos verdes, brillantes por la lluvia, y los pinos y las sábanas que después de volar entre relámpagos descansaban sobre algún arbusto.




Aquel día el aire era liviano, a Tobías le parecía flotar en cada paso. Cuando dobló en la esquina de Amores Contrariados, Tobías creyó, sintió, que su cuerpo se achicaba: sus pantalones de hombre serio se acortaron y aparecieron unas piernas flacas de piel blanquísima corriendo en el crepúsculo que cada tarde se rompía contra los muros descascarados, como se rompían las piernas en esos terremotos íntimos, que venían después de la mirada furtiva de aquella muchacha rubia que pasaba cada atardecer.




Tobías dejó que la memoria le guiara los pasos, así llegó hasta la Calle de la Feria, un mercado donde los comerciantes atraían con sus gritos y sus gestos desbordados; recorrió los puestos mirando desde sus ojos de hombre alto a las vendedoras, que mostraban sus mejores piezas sobre enormes pañoletas extendidas en el suelo; recuerdos amarillos y terracotas, recuerdos verdes y violetas.




Bajo esa fiesta de colores y de aromas palpitaba al ritmo de un corazón fuerte, la cadencia de una música silenciosa. Tobías deseó encontrar al monstruo que en las noches de infancia amenazaba tras su ventana, y la magia de cada mañana convertía en limonero.

Poco a poco, los sonidos se fueron haciendo cada vez más potentes, Tobías sintió el impulso de una fuerza invisible que lo empujaba a buscar algo que no podía definir ni en una forma, ni en un color, ni en una música, ni en una palabra. Pero Tobías buscó. Al principio, distraídamente, sin saber muy bien qué era aquello que debía encontrar; revisó cada puesto, hurgó bajo cada pañuelo y en cada rincón. Tobías notó que los vendedores formaban un pasillo largo.




Recién entonces, se dió cuenta de que estaba solo. Fue como si le hubiese estallado una bomba dentro de la panza. Qusio llorar pero no pudo. le pareció que alguien se acercaba, una figura apenas perceptible venía desde las tinieblas de la distancia, avanzaba por el medio de ese corredor como una novia solitaria y alegre en dirección al altar. Tobías reconoció a su abuelo.

Corrió a su encuentro y quiso regalarle un ramo de violetas o un frasco de guindas, pero no tenía violetas ni guindas. se dejó llevar por el paso lento, se refugió en el tacto sensible de la mano gruesa de aquel panadero. Tobías y el abuelo recorrieron el Pasaje de los Sueños y anduvieron por el Callejón de los Recuerdos. Después caminaron hasta el puente que cruzaba el río más cristalino del pueblo; nadaron junto a los peces, miraron el sol desde abajo del agua, saludaron a las nubes. Se sentaron en la orilla, sobre el pasto, se quedaron en silencio compartiendo el agua y el cielo.




De tanto en tanto, pasaba alguna barcaza. Un barco provocó una ola tan fuerte que Tobías se mojó los recuerdos y los sueños. Una mueca con forma de sonrisa cayó en un charco y se quedó flotando como el reflejo de una mirada hasta que un chico la atravesó con su bicicleta. La mueca se rompió en pedazos, se convirtió en gotas de agua sucia. Bajo la garúa fría de aquella mañana de martes, que era de otoño, Tobías se acomodó su ropa de hombre serio. El auto que lo había mojado se alejaba indiferente. El siguió caminando mojado, seco de recuerdos. Y sin sueños.


Paula Margules

Nació en Buenos Aires, la noche del 1° de diciembre de 1959. Es escritora. Su historia profesional incluye la Licenciatura en relaciones Humanas y Públicas, de la Universidad de Morón (1982). Ejerció esa profesión en distintas organizaciones. Fue docente de la Universidad de Morón hasta 1990. Coordinó diversos grupos de capacitación, y de reflexión, en instituciones educativas no formales. Después, como ella suele decir, los años trajeron sus propias historias.

En 1994 publicó su primer libro "Adultos sin Pareja Estable".

Algunos de los premios recibidos por sus cuentos son: Primer Premio del Certámen Internacional de cuentos Breves de la revista "Las Letras"(1996), por "Miradas". Mención de Honor por "Los Girasoles" otorgada por la Sociedad Argentina de Letras, Artes y Ciencias en su Certámen Nacional de 1997. En el Certámen Roger Plá, organizado por el Rotary Club Internacional en 1997, recibió Mención por "Historia de Animales". En 1998 el Jurado del VII Certámen Internacional de Puebla Eight Lucía. Málaga. España otorgó Mención de Honor para "El País del Olvido".

Paula Margules publica sus artículos en distintos medios nacionales.

 


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