![]() Qué prodigios obra el pícaro insomnio, cuando se complica con cierta torpeza nativa para andar a oscuras! Expliqué a mis vecinos lo ocurrido y por qué me había ocurrido. Riéronse, y Harris y yo empezamos a prepararnos el desayuno; estaba amaneciendo. Por curiosidad consulté mi podómetro y observé que durante mi excursión nocturna había recorrido ochenta y siete kilómetros. Me consolé pensando en que, después de todo, realicé mi propósito de dar un paseo y de tomar un baño... La abandoné de nuevo y marché a la ventura a través de un hormiguero de sillas y de sofás... Vagando por los países desconocidos, hice añicos un candelabro de la chimenea. Mientras buscaba el candelabro, o mejor dicho, sus restos, me volqué encima un jarro de agua que se encontraba sobre el lavabo, precisamente al lado de mi cama y a medio metro de la de Harris. ¡Al fin! -dije lleno de gozo.- ¡Al fin te encuentro, querida patria!... Estas naturales exclamaciones fueron interrumpidas por estentóreas voces de ¡Socorro! ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!... Era Harris que despertaba agradablemente sorprendido en su sueño por aquella catarata. El insólito ruido puso en movimiento todo el personal de la fonda. El señor X. entró precipitadamente llevando en sus manos una bujía; luego el joven Z. con otra bujía, y por último, una procesión interminable de criados y camareras, cada cual con su respectiva bujía.
¡Miré en torno mío. Encontrábame cerca de la cama de Harris, a un día de jornada de mi lecho. No había más que un sofá apoyado contra la pared. No existía más que una silla al alcance de mi mano; sin duda estuve dando vueltas alrededor de ella toda la noche. Llevé a cabo los primeros ensayos y descolgué un cuadro. Creo que se trataba de una telita de género; pero la verdad es que hizo tanto sonido como un panorama. Harris no se movió siquiera; no obstante comprendí que otra catástrofe pictórica lo despertaría seguramente. Valía más renunciar a la salida. Lo acertado era encontrar en medio de la habitación la mesa redonda del Rey Arturo; la había tropezado muchas veces en mis exploraciones. Esto es, aquella mesa me serviría de punto de partida en mi viaje hacia la cama. Porque yo pensaba que de descubrir el lecho, daría con la mesa de noche, y de hallar la mesa de noche, era casi seguro que se habría de posar mi mano sobre la botella de agua. Calmaría la sed que me abrasaba, y luego a dormir lo que restara de noche. A fin de ganar tiempo me puse de nuevo a gatas y emprendí una veloz carrera. Tras de algunos coscorrones hallé la mesa; púseme en pie y luego de frotarme un poco la frente comencé mi movimiento de avance, extendiendo los brazos y estirando los dedos, con objeto de mantener el equilibrio. Tropecé con una silla, con la pared, con otra silla, con un sofá, con una percha, y por último con otro sofá. Esta serie de encuentros me turbó un poco pues nunca creí que hubiera más de un sofá en el malhadado gabinete. Regresé a la mesa con propósito de orientarme de nuevo, no sin derribar seis o siete sillas más. Sucedió, sin embargo, que siendo redonda la mesa, no podía ser de ningún valor como base para un viaje de exploración. Levanté con dulzura el paraguas, y adoptando todo género de precauciones lo apoyé contra la pared. Mas apenas había retirado la mano resbaló el artefacto y volvió a dar en el suelo, haciendo aún mayor estrépito que la primera vez. Con cuidado escrupuloso, aunque en el fondo se me pasaban ganas de hacer trisas el rebelde paraguas, lo recogí, lo coloqué de pie, y... ¡aún me parece oir el estampido de la tercera caída! tan espantable fue.. Declaro que he recibido una educación excelente. Con todo, y de no reinar en el cuarto aquella sombría, solemne e impotente tranquilidad, acaso hubiera proferido este humilde siervo del Señor una de esas palabras que no pueden ser estampadas en los libros de oraciones sin comprometer seriamente la venta. En la plenitud de mis facultades mentales, quizá, no hubiera dejado de entablar con el paraguas una lucha a brazo partido, hasta conseguir ponerlo derecho, aun teniendo en mi desventaja uno de esos pavimentos de madera deliciosamente resbaladizos. Porque he de reconocer que la susodicha operación me ha fallado en pleno día, de diez veces lo menos cinco. En medio de mi desaliento consolábame pensar que el pobre Harris dormía como un bienaventurado. En realidad, el paraguas no podía proporcionarme ninguna indicación local, por la razón de que existían cuatro en el gabinete, y todos parecidos. Ocurrióseme que sería práctico seguir a tientas un paseo hasta tropezar con la puerta. Mi irritación iba aumentando por puntos, y mientras viajaba en pos del calcetín, empecé a hacer reflexiones algo inconvenientes... En el paroxismo de la ira lancé un voto y decidí salir a la calle con un pie desnudo, puesto que el destino se empeñaba en ello. Continué mis exploraciones, si bien con un objeto diferente. ¿Hacia dónde batiría la puerta? Cuando ya creía estar perfectamente orientado, vi reflejarse mi imagen oscura y espectral en el espejo que había quedado sano. Esta contemplación dejóme sin aliento, probándome, además que estaba perdido y sin sospechar siquiera dónde podría encontrarme. Preso de mortal congoja, me dejé caer sobre el suelo pesadamente, aún a riesgo de hundir el endeble armazón de madera que debía sustentarlo. De haber sólo un espejo no cabe duda que me hubiera orientado con facilidad. Pero desde el momento en que se le había ocurrido al fondista poner dos, era como si el gabinete tuviera las paredes cubiertas de espejos. ¡Y con qué encantadora simetría estaban colocadas las lunas en los dos muros opuestos! Yo distinguía de un modo confuso un vago resplandor filtrándose a través de las ventanas; más en la situación que me habían puesto mis vueltas, antojábaseme que las tales ventanas se hallaban precisamente en el sitio en que no debían encontrarse, y por esta razón crecían mis confusiones en vez de desvanecerse. Hice un movimiento para erguirme y dejé caer un paraguas. Su choque con el suelo, duro y sonoro como un toque de tambor, produjo el ruido de un pistoletazo. Rechiné los dientes y contuve la respiración. Por suerte Harris continuaba sin dar señales de vida. Creía ¡inocente de mí! poder vestirme en la oscuridad, sin despertar a Harris. Por de pronto noté que había desterrado mis zapatos al país de los ratones... No importaba; para un paseo nocturno bastaría con las zapatillas.... Me levanté sin hacer el más leve ruido y fui encontrando gradualmente toda mi ropa, salvo un calcetín. En cualquier otra circunstancia hubiera despreciado el calcetín recalcitrante pero aquella noche estaba ya nervioso, y me irritaba esta contrariedad. Palpé, busqué, tanteé... Nada, no me fue posible dar con su paradero. Me puse a gatas y avancé a tientas, llevando una zapatilla puesta y otra en la mano; ensanché el círculo de mis investigaciones, y noté con sorpresa dolorosa que el calcetín no aparecía por ninguna parte. Cada vez que apoyaba la rodilla en tierra era un crujir de maderas verdaderamente horrísono. Y si por casualidad tropezaba con algún mueble, parecíame el ruido de la colisión treinta y cinco o treinta y seis veces mayor que en pleno día. Después de cada choque deteníame unos minutos, conteniendo la respiración. ¿Qué hubiera dicho Harris si lo hubiera despertado con mi ridícula manía de encontrar el calcetín?. Pero no era cosa de que el tal calcetincito se saliera con la suya. Por aquí... no; por allá...nada; ni rastros. En todas partes muebles, no más que muebles. ¡Nunca hubiera creído que aquella habitación poseyera tan abundante mobiliario! ¡Qué asombroso! ¡Sillas por todas partes!. Sin duda, alguna familia se había mudado de improviso a aquel gabinete. Lo más gracioso era que jamás decubría uno de los endiablados estorbos a tiempo de evitar el choque; el encuentro era siempre brutal, de lleno y en plena cabeza. El ratoncillo se alejó, comenzaron a embotarse mis sentidos, y ya me invadía ese estado de beatitud precursor del sueño cuando hete aquí que se le ocurre al reloj de un edificio vecino empezar su lenta y acompasada sonata de horas. Conté una, dos... once, doce. ¡Muy bien!... A dormir... No había caso: otro reloj de las inmediaciones imitó la conducta de su colega. Volví a contar una, dos,..., once, doce. ¡Muy divertido!... Llególe el turno al monumental reloj del municipio; una estupenda obra de algún artífice suizo, que adornaba las horas con bellísimos acordes de trompetas y clarines. Jamás había oído notas más misteriosas, más suaves, más sublimes. Lo malo era que el concertante se repetía cada quince minutos. Encontré la cosa algo exagerada. Me adormecía por breves momentos, y vuelta otra vez el mundo de la realidad. Cada vez que me despertaba, deslizábase un poco más la manta en su progresivo descenso hacia el suelo. Hacía yo esfuerzos inauditos para no despertarme. Tengo mucho miedo a los catarros. Acabé por renunciar a toda esperanza de sueño. Debí reconocer que me encontraba decidido y desesperadamente desvelado, muy desvelado, y además con fiebre y con sed. Aún transcurrieron algunos minutos antes de que me resolviese a levantarme, a vestirme, a salir de la fonda y a darme un baño en la gran fuente de la plaza. Me eché de la cama dispuesto a poner en obra el excelente proyecto. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?. Después de tonificar los nervios con la ablución, esperaría la luz de la mañana fumando y soñando... La desesperación trocóse en frenesí. Por último, hice lo que todo el mundo ha hecho en casos semejantes desde los tiempos de Adán. Decidí tirar al suelo un objeto. Exploré a tientas las inmediaciones del lecho, y ¡oh agradable encuentro!, allí estaban mis gruesos zapatones de campo. Sentado en la cama, y en la actitud meditabunda de un general en vísperas de la batalla, traté de adivinar la situación del ruido del modo más exacto posible. No me fue posible conseguirlo. El ris-ris era tan difícil de precisar como el canto de un grillo. ¿Detrás? ¿Delante? ¿Al lado derecho? ¿Al lado izquierdo? Cansado de tanteos arrojé el zapato en una dirección cualquiera, yendo aquel a dar, primero en la pared y luego encima del buen Harris, que dormía a pierna suelta. Nunca hubiera supuesto en mi proyectil improvisado un tan pasmoso alcance. Pedí a Harris mil perdones; volvió éste a coger el sueño, y después de dar unas vueltas en la cama, me estiré con voluptuosidad, creyendo llegado el instante de entablar relaciones con Morfeo. ¡Pero, sí, sí! ¿Es que no estaba allá en un rincón mi implacable enemigo, dispuesto a trastornarme todos los planes?. Al advertir su desvergüenza, no fui dueño de contenerme: cogí otro zapato y ¡zás! lo disparé en otra dirección, consiguiendo hacer añicos un espejo de los dos que había en el gabinete. Claro es que elegí el mayor. Harris se despertó al estruendo, y sin proferir una palabra de censura volvió a dormirse. Aquella resignación me llenó de pena; tanto, que resolví sufrir todas las torturas humanas antes que despertarle una tercera vez. Mark Twain
Samuel L. Clemens, novelista norteamericano, nacido en Florida (Missouri) (1815-1910), fue conocido mundialmente por el seudónimo de Mark Twain, uno de los más ingeniosos humoristas de la literatura de habla inglesa.
A los trece años de edad se inició como aprendiz de tipógrafo. Fue después piloto en el Mississippi, minero y periodista. En 1866 obtuvo su primer gran éxito con una serie de conferencias humorísticas. Entre sus obras más célebres caben destacar "La rana solitaria y otros esquicios", "Los inocentes en el extranjero" y en 1876 acentuó su fama de escritor con "Las aventuras de Tom Sawyer".
Indiscutiblemente la ficción más grande de Mark Twain fue su mismo seudónimo Mark Twain, nacido en Nevada, en 1863, de la frondosa imaginación de Samuel Clemens.
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