LA CASA CERRADA
MANUEL MUJICA LAINEZ
MUJICA LAINEZ, Manuel
Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1910. Su pertenencia a una
aristocrática familia porteña le permitió dedicarse
exclusivamente a la labor artística. Fue miembro de la Academia
Argentina de Letras y de la Academia Nacional de Bellas Artes. Dos vertientes
confluyen en su literatura: la indagación de lo argentino -cronista
del origen, apogeo y crisis de la clase alta nacional- y lo cosmopolita
-encuadrado en los salones europeos durante distintos períodos
históricos-. Esta extensa tarea ha sido reconocida con los premios
Kennedy, Nacional y Municipal, también condecorada por el gobierno
italiano. Entre los títulos más destacados encontramos:
La casa (1954), Los viajeros (1955), Misteriosa Buenos Aires (1950), Aquí
vivieron (1949), Bomarzo (1962), Crónicas reales (1967). Murió
en 1984.
El texto de esta confesión ha sido bastante modernizado por nosotros,
suprimiendo párrafos inútiles, condensando algunos y añadiendo
aquí y allá un retoque. Ignoramos el nombre de su autor.
"... Quizá lo más lógico, para la comprensión
plena de lo que escribo, fuera que yo le hablara ante todo, Reverendo
Padre, acerca de la casa que de nifios llamábamos `la casa cerrada`
y que se levanta todavía junto a la que fue del doctor Miguel Salcedo,
entre el convento de Santo Domingo y el hospital de los Betlemitas. Frente
a ella viví desde mi infancia, en esa misma calle, entonces denominada
de Santo Domingo y que luego mudó el nombre para ostentar uno glorioso:
Defensa.
¡Cuánto nos intrigó a mis hermanos y a mi la casa
cerrada! Y no sólo a nosotros. Recuerdo haber oído una conversación,
siendo muy muchacho.. que mi madre mantuvo en el estrado con algunas señoras..
y en la cual aludieron misteriosamente a ella. También las inquietaba,
también las asustaba y atraía, con sus postigos siempre
clausurados detrás de las rejas hostiles, con su puerta que apenas
se entreabría de madrugada para dejar salir a sus moradores, cuando
acudían a la misa del alba en los franciscanos y, poco más
tarde, a la mulata que iba de compras. No necesito decirle quiénes
habitaban allí. Con seguridad, si hace memoria, lo recordará
usted. Harto lo sabíamos nosotros: eran una viuda todavía
joven, de familia acomodada, y sus dos hijas. Nada justificaba su reclusión.
Las mozas crecieron al mismo tiempo que nosotros, pero jamás cambiaron
ni con mis hermanos ni conmigo ni con nadie que yo sepa, una palabra.
Se rebozaban como monjas para concurrir al oficio temprano. Luego conocí
el motivo de su enclaustramiento. Por él he sufrido mi vida entera;
a causa de él le escribo hoy con mano temblorosa, cuando la muerte
se aproxima. Debil hacerlo antes y lo intenté en varias oportunidades,
pero me faltó audacia.
En una ocasión ellas tendrían alrededor de quince años-
pude ver el rostro de mis jóvenes vecinas. La curiosidad nos inflamaba
tanto, que mi hermano mayor y yo resolvimos correr la aventura de deslizarnos
hasta la casa frontera por las azoteas que la cercaban. ¡Todavía
me palpita el corazón al recordarlo! Aprovechamos la complicidad
de un amigo que junto a ellas vivía y.. silenciosos como gatos,
conseguimos asomarnos con terrible riesgo a su patio interior. Allí
estaban las dos muchachas, sentadas en el brocal del aljibe, peinándose.
Eran muy hermosas, Reverendo Padre, con una hermosura blanquísima,
de ademanes lentos; casi irreal. Las mirábamos desde la altura,
escondidos por un enorme jazminero, y se dijera que el perfume penetrante
ascendía de sus cabelleras negras, lustrosas, tendidas al sol.
Desde entonces no puedo oler un jazmín sin que en mi memoria renazca
su forma blanca y negra. Fue la única vez que las vi, hasta lo
otro, lo que le narrare mas adelante, aquello que sucedió en 1807,
exactamente el 5 de julio de 1807.
La circunstancia de haber nacido en Orense, aunque mis padres me trajeron
a Buenos Aires cuando empezaba a caminar, hizo que después de la
primera invasión inglesa me incorporara al Tercio de Galicia. Intervine
con esas fuerzas en acontecimientos que ahora, tantos años despues,
su osadía torna mitológicos.
El 5 de julio de 1807 -habría transcurrido un lustro desde que
entreví fugazmente a mis vecinas en su patio- fue para mi vida,
como lo fue para Buenos Aires, un día decisivo.
A las ordenes del capitán Jacobo Adrián Varela tocóme
defender la Plaza de Toros, en el Retiro. Me hallé entre los cincuenta
o sesenta granaderos que a bayonetazos abrieron un camino entre las balas,
para organizar la retirada desde esa posición que cayó luego
en poder del brigadier Auchmuty. Nuestra marcha a través de la
ciudad alcanzó un heroísmo que señalaron los documentos
oficiales. jamás la olvidaré. Jamás olvidaré
el fango que cubría las calles, pues había llovido la noche
anterior, y nuestro avance ciego entre las quintas abandonadas donde ladraban
los perros, mientras retumbaban doquier los cañones y la fusilería.
M jefe perdió las botas en el lodo; yo dejé un cuchillo,
la faja ... Nadie hubiera reconocido
nuestro uniforme blanco y azul. Nadie hubiera reconocido a nadie, cuando
corríamos por las calles entre las lucecitas moribundas, guiados
por el clamor de los heridos y por la voz entrecortada de Varela que nos
alentaba a seguir.
Llegamos así, negros de cieno y de sangre, hasta mi barrio. Allí
nos enteramos de que Sir Denis.Pack, herido por los patricios, se había
refugiado en Santo Domingo con sus hombres. Otros refuerzos se le sumaron,
encabezados por el general Crawford. La confusión era atroz. Los
carros de municiones, volcados, interceptaban la marcha. Los brazos de
los heridos aparecían entre los sables y los fusiles tirados al
azar. Aquí, y allá, los trajes de los britanos coagulaban
sus manchas rojas. Desde la torre del convento, transformada en fortaleza,
los ingleses sembraban el estrago. Había soldados en todos los
techos y también vecinos y muchas mujeres que arrojaban piedras
y agua hirviendo sobre los invasores.
Varela entró a escape con la mitad de su tropa en la casa del doctor
Salcedo. A poco le vimos surgir entre los bala ústres de la azotea,
encendido, vociferante, y abrir el fuego contra el campanario de los dominicos.
Nos ordenó a gritos, a quienes todavía quedábamos
en la calle, que hiciéramos lo mismo desde la casa lindera. Esa
casa, Reverendo Padre, era la casa cerrada.
Estaba cerrada como siempre. En la azotea distinguí a la dueña
y sus dos hijas. Iban y venían, enloquecidas, con tachos humeantes.
Uno de los oficiales se acercó a la puerta y traló de abrirla
pero no pudo. Entonces nos comandó a otros dos granaderos y a mí
-a mí, precisamente a míque destrozáramos la cerradura.
Fue una impresión extraña, independiente de cuanto sucedía
alrededor, algo que no tenía nada que ver con la guerra espantosa
y que me incomunicaba con ella. ¿Cómo explicárselo?
Fue como si en ese instante comenzara mi guerra, mi propia guerra personal,
en el huracán de la otra, la grande, que por doquier me envolvía
pero de la cual me separaba una zona indefinible.
Nos precipitamos hacia el interior, cruzamos como un torbellino los dos
patios y ascendimos al techo por una frágil escalerilla. Las mujeres
nos recibieron sin decir palabra. En verdad, no teníamos tiempo
para ocuparnos de su actitud. Lo único que nos movía era
matar, matar rabiosamente. Y lo hicimos.
El capitán Varela apareció entre nosotros. Se dirigió
a mí y a quienes me rodeaban.
-Vayan abajo -nos dijo brevemente y secunden el tiroteo desde las ventanas.
De inmediato le obedecimos, mas cuando nos aprestábamos a lanzarnos
por los peldaños, se nos cruzó la señora. Advertí
entonces, en un relámpago, que ella también debía
haber sido muy hermosa, acaso tan hermosa como sus hijas.
Nos suplicó:
-No, abajo no...
De un empellón la hicieron a un lado. Y ya estábamos en
las salas y en las alcobas, ya arrastrábamos los muebles, ya entreabríamos
los postigos con los caños de los fusiles.
¡La otra habitaci ón! -me ordenó un oficial-. ¡La
última! ¡Encárguese usted!
Penetré allí automáticamente. Todo se hacia automáticamente
ese día en que nos ensordecían las descargas y nos sofocaba
la pólvora.
Era un aposento pequeño. Estaba a oscuras. Calculé la posición
de la ventana por la fina hendidura que en torno del postigo dibujaba
un hilo de luz. Me adelanté a tientas y de un culatazo separé
las hojas. No pensé más que en continuar matando, pero entre
tanto la atmósfera de la casa pesaba sobre mi nuca como algo viviente,
sólido. Cuando me detuve para cargar el arma, observé que
a mi lado estaba la señora. La acompañaban sus dos hijas.
Me miraban con ojos dementes. Hice un movimiento para aproximarme y sosegarlas,
y las tres retrocedieron hacia el fondo del cuarto que yacía en
penumbra. Detrás de ellas se levantó algo que no puedo definir
sino como un gruñido, un angustiado gruñido de animal.
Por segunda vez desde que había violado la clausura, me sobrecogió
la sensación rarísima de que estaba viviendo un episodio
aparte de los que sacudían a la ciudad. Fue - claro que por un
momento- como si la lucha de las calles y de las azoteas no tuviera significado
en sí misma, como si sólo sirviera de encuadramiento remoto
a otro drama, íntimo, agudo, sutil, del cual éramos los
únicos protagonistas.
Recordé entonces que antes, a lo largo de los años, había
escuchado ese mismo grito ronco. Se alzaba en mitad de la noche y me estremecía,
en mi cuarto cercano, con su inflexión inhumana, agorera.
Di un paso hacia las mujeres.
-No -pronunció la señora-, por favor, por favor, no...
Detrás, en la sombra, vi al ser horrible. ¿Necesito describírselo,
Reverendo Padre? Se trataba, indudablemente, de un hombre. De hombre tenía
la cabeza barbuda, pero su cuerpecito diminuto era el de un niño,
con excepción de las manos grandes, cubiertas de vello, obscenas.
Clavó en mí los ojos malignos, y por ellos reconocí
su parentesco con las muchachas. Era su hermano. Ese monstruo era su hermano.
El tableteo de las balas ahogó mi exclamación. De un salto
me acurruqué en mi puesto de combate. Mientras apuntaba, el corazón
me latía loco. A veinte pasos cayó un inglés con
los brazos extendidos, un inglés muy rubio, casi tan dorado el
pelo como las charreteras.
En la habitación, la madre se echó a llorar. Grufló
el monstruo. Yo seguía tirando. Ya lo comprendía todo. Ya
poseía el secreto de la casa cerrada, de la prisión de esas
mujeres jóvenes y bellas, a quienes el feroz orgullo materno obligaba
a encarcelarse para que nadie supiera lo que yo sabía.
El oficial bramó a través de la puerta:
¡A la calle, a la calle, a Santo Domingo!
Me ajusté el cinturón. Mis companeros me llamaban. Me volví
para seguirles. Nada había cambiado en el fondo del aposento. La
madre, sentada en el lecho, gemía tapándose los oídos.
Detrás asomaba la cabeza diabólica, oscilante, babeante.
Las dos hijas se abrazaban con miedo. Me miraron y adiviné en su
crispación anhelosa un ruego desesperado. Fue como si súbitamente
una oleada del fresco perfume de los jazmines me envolviera en pleno mes
de julio. Todavía me quedaba una bala en el fusil. Reverendo Padre,
cualquier hombre hubiera hecho lo que hice. Un tiro seco, un solo tiro
seco... ¡A tantos otros había muerto ese mismo día
desde la retirada de la Plaza de Toros: oficiales fuertes y esbeltos,
soldados que apenas salían de la adolescencia, a tantos, a tantos!
Cayó la cabeza espantosa, como en un juego, como si fuera una cabeza
de cartón y de lana...
Hasta hoy me persigue el alarido de la madre, hasta hoy, como me persiguió
el 5 de julio de 1807 en mi fuga por la calle de Santo Domingo negra y
roja de cadáveres, lejos de la casa cuyas puertas había
arrancado..."