Escritora chilena nacida en 1942. A los diecisiete años, tras recibir
una esmerada educación, comienza su actividad periodistica en medios
gráficos abordando los temas más heterogéneos. Entre
los años '64 y '74 se desempeñó como redactora de Paula,
revista femenina en la que satirizaba las costumbres de la clase media,
el machismo femenino y masculino y los convencionalismos sociales de su
pais. Colaboró también en la revista infantil Mampato y en
algunos shows televisivos, y escribió varias obras teatrales y relatos
para niños.
Permanece en Santiago hasta 1975, año en que ya derrocado el presidente
Salvador Allende decide radicarse en Venezuela. Allí colabora en
el diario El Nacional e inicia una carrera literaria que desde su primer
título, La casa de los espritus, de 1985, conmociona a las letras
hispanoamericanas. El éxito obtenido con este libro, traducido inmediatamente
a todas las lenguas europeas, acompañá su obra narrativa posterior
constituída por las novelas De amor y de sombra, 1985; Eva Luna,
1987, y El plan infinito, 1992. Los Cuentos de Eva Luna, publicados en 1990,
reelaboran el universo temático de los textos anteriores: el amor
desde una perspectiva femenina, en el marco de una Latinoamérica
exuberante, signada por la contradicción entre la belleza y la violencia.
En la actualidad, Isabel Allende reside en los Estados Unidos, continuando
su tarea de escritora.
Horacio Fortunato, habia alcanzado los cuarenta y seis años cuando
entró en su vida la judia escuálida que estuvo a punto de
cambiarle sus hábitos de truhán y destrozarle la fanfarroneria.
Era de raza de gente de circo, de esos que nacen con huesos de goma y
una habilidad natural para dar saltos mortales y a la edad en que otras
criaturas se arrastran como gusanos, ellos se cuelgan del trapecio cabeza
abajo y le cepillan la dentadura al león. Antes de que su padre
lo convirtiera en una empresa seria, en vez de la humorada que hasta entonces
habia sido, el Circo Fortunato paso por mas penas que glorias. En a1gunas
épocas de catástrofe o desorden, la compañía
se reducía a dos o tres miembros del clan deambulando por los caminos
en un destartalado carromato, con una carpa rotosa que levantaban en pueblos
de lástima. El abuelo, de Horacio cargó solo con el peso
de todo el espectáculo durante años: caminaba en la cuerda
floja, hacia malabarismos con antorchas encendidas, tragaba sables toledanos,
extraía tanto naranjas como serpientes de un sombrero de copa y
bailaba gracioso minué con su única compañera, una
mona ataviada de miriñaque y sombrero emplumado. Pero el abuelo
logró sobreponerse al infortunio y mientras muchos otros circos
sucumbieron vencidos por otras diversiones modernas, él salvó
el suyo y al final de su vida pudo retirarse al sur del continente a cultivar
un huerto de espárragos y fresas, dejándole una empresa
sin deudas a su hijo Fortunato II Este hombre carecia de la humildad de
su padre y no era proclive a los equilibrios en la cuerda o a las piruetas
con un chimpancé, pero en cambio estaba dotado de una firme prudencia
de comerciante. Bajo su dirección el circo creció en tamaño
y prestigio, hasta convertirse en el más grande del país.
Tres carpas monumentales; pintadas a rayas reemplazaban el modesto tenderete
de los malos tiempos, jaulas diversas albergaban un zoológico ambulante
de fieras amaestradas, y otros vehículos de fantasía transportaban
a los artistas, incluyendo al único enano hermafrodita y ventrílocuo
de la historia. Una réplica exacta de la carabela de Cristobal
Colon transportada sobre ruedas completaba el Gran Circo Internacional
Fortunato. Esta enorme caravana ya no navegaba a la deriva, como antes
lo hiciera con el abuelo, sino que iba en línea recta por las carreteras
principales desde el Río Grande hasta el Estrecho de Magallanes,
deteniéndose sólo en las grandes ciudades, donde entraba
con tal escándalo de tambores, elefantes y payasos, con la carabela
a la cabeza como un prodigioso recuerdo de la Conquista, que nadie se
quedaba sin saber que el circo habia Ilegado.
Fortunato II se casó con una trapecista y con ella tuvo un hijo
a quien Ilamaron Horacio. La mujer se quedó en un lugar de Paso,
decidida a independizarse del marido y mantenerse mediante su incierto
oficio, dejando al niño con su padre. De ella prevaleció
un recuerdo difuso en la mente de su hijo, quien no lograba separar la
imagen de su madre de las numerosas acróbatas que conoció
en su vida. Cuando él tenía diez años, su padre se
casó con otra artista del circo, esta vez con una equitadora capaz
de equilibrarse de cabeza sobre un animal al galope o saltar de una grupa
a otra con los ojos vendados. Era muy bella. Por mucha agua, jabón
y perfume que usara, no podia quitarse un rastro de olor a caballo, un
seco aroma de sudor y esfuerzo. En su regazo magnifico el pequeño
Horacio, envuelto en ese olor único, encontraba consuelo por la
ausencia de su madre. Pero con el tiempo la equitadora también
partió sin despedirse. En la madurez, Fortunato II se casó
en terceras nupcias con una suiza que andaba conociendo América
en un bus de turismo. Estaba. cansado de su existencia de beduino y se
sentia viejo para nuevos sobresaltos, de modo que cuando ella se lo pidió
no tuvo ni el menor inconveniente en cambiar el circo por un destino sedentario
y acabó instalado en una finca de los Alpes, entre cerros y bosques
bucólicos. Su hijo Horacio, que ya tenia veintitantos años,
quedó a cargo de la empresa. Horacio se habia criado en la incertidumbre
de cambiar de lugar cada dia, dormir siempre sobre ruedas y vivir bajo
una carpa, pero se sentía muy a gusto con su suerte. No envidiaba
en absoluto a otras criaturas que iban de uniforme gris a la escuela y
tenían trazados sus destinos desde antes de nacer. Por contraste,
él se sentía poderoso y libre. Conocía todos los
secretos del circo y con la misma. actitud desenfadada limpiaba los excrementos
de las fieras o se balanceaba a cincuenta metros de altura vestido de
húsar, seduciendo al público con su sonrisa de delfin. Si
en algún momento añoró algo de estabilidad, no lo
admitió ni dormido. La experiencia de haber sido abandonado, primero
por la madre y luego por la madrastra, lo hizo desconfiado, sobre todo
de las mujeres, pero no llegó a convertirse en un circo, porque
del abuelo habia heredado un corazón sentimental. Tenía
un inmenso talento circense, Pero más que el arte le interesaba
el aspecto comercial del negocio. Desde pequeño se propuso ser
rico, con la ingenua intención de conseguir con dinero la seguridad
que no obtuvo en su familia. Multiplicó los tentáculos de
la empresa comprando una cadena de estadios de boxeo en varias capitales.
Del boxeo pasó naturalmente a la lucha libre y, como era hombre
de imaginación juguetona, transformó ese grosero deporte
en un espectáculo dramático. Fueron iniciativas suyas la
Momia, que se presentaba en el ring dentro de un sarcófago egipcio;
Tarzán, cubriendo sus, impudicias con una piel de tigre tan pequeña
que a cada salto del luchador el público retenía el aliento
a la espera de alguna revelación; el Ángel, que apostaba
su cabellera de oro y cada noche la perdia bajo las tijeras del feroz
Kuramoto - un indio mapuche disfrazado de samurai- para reaparecer al
dia siguiente con sus, rizos intactos, prueba irrefutable de su condidón
divina. Estas y otras aventuras comerciales, asi como sus apariciones
públicas con un par de guardaespaldas, cuyo papel consistia en
intimídar a sus competidores y picar la curiosidad de las mujeres,
le dieron un prestigio de hombre malo, que él celebraba con enorme
regocijo. Llevaba una buena vida, viajaba por el mundo cerrando tratos
y buscando monstruos, aparecia en clubes y casinos, poseía una
mansión de cristal en California y un rancho en Yucatán,
pero vivía la mayor parte del añoen hoteles de ricos. Disfrutaba
de la compañía de rubias de alquiler. Las escogia suaves
y de senos frutales, como homenaje al recuerdo de su madrastra, pero no
se afligia demasiado por asuntos amorosos y cuando su abuelo le reclamaba
que se casara y echara hijos al mundo Para que el apellido de los Fortunato
no se desintegrara sin heredero, él replicaba que ni demente subiría
al patíbulo matrimonial. Era un hombronazo moreno con una melena
peinada a la cachetada, ojos traviesos y una voz autoritaria, que acentuaba
su alegre vulgaridad. Le preocupaba la elegancia y se compraba ropa de
duque, pero sus trajes resultaban un poco brillantes, las corbatas algo
audaces, el rubí de su anillo demasiado ostentoso, su fragancia
muy penetrante. Tenia el corazón de un domador de leones y ningún
sastre inglés lograba disimularlo.
Este hombre, que había pasado, buena parte de su existencia alborotando
el aire con sus despilfarros, se cruzó un martes de marzo con Patricia
Zimmerman y se le terminaron la inconsecuencia del espíritu y la
claridad del pensamiento. Se hallaba en el único restaurante de
esta ciudad donde todavía no dejan entrar negros, con cuatro compinches
y una diva a quien pensaba Ilevar por una semana a las Bahamas, cuando
Patricia entró al salon del brazo de su marido, vestida de seda
y adornada con algunos de esos diamantes que hicieron. célebre
a la firma Zimmerman y Cia. Nada más diferente a su inolvidable
madrastra olorosa a sudor de caballos o a las rubias complacientes, que
esa mujer. La vio avanzar, pequeña, fina, los huesos del escote
a la vista y el cabello castaño recogido en un moño severo,
y sintió las rodillas pesadas y un ardor insoportable en el pecho.
Él prefería a las hembras simples y bien dispuestas para
la parranda y a esa mujer habia que mirarla de cerca para valorar sus
virtudes, y aún asi solo serían visibles Para un ojo entrenado
en apreciar sutilezas, lo cual no era el caso de Horacio Fortunato. Si
la. vidente de su circo hubiera consultado su bola de cristal para profetizarle
que se enamoraria al primer vistazo de una aristócrata cuarentona
y altanera, se habria reído de buena gana, pero eso mismo le ocurrió
al verla avanzar en su dirección como la sombra de alguna antigua
emperatriz viuda, en su atavío oscuro y con las luces de todos
esos diamantes refulgiendo en su cuello. Patricia pasó por su lado
y durante un instante se detuvo ante ese gigante con la servilleta colgando
del chaleco y un rastro de salsa en la comisura de la boca. Horacio Fortunato
alcanzó a percibir su perfume y apreciar su perfil aguileño
y se olvidó por completo de la diva, los guardaespaldas, los negocios
y todos los propósitos de su vida, y decidió con toda seriedad
arrebatarle esa mujer al joyero, para amarla de la mejor manera posible.
Colocó su silla de medio lado y haciendo caso omiso de sus invitados
se dedicó a medir la distancia que lo separaba de ella, mientras
Patricia Zimmerman se preguntaba si ese desconocido estaría examinando
sus joyas con algún designio torcido. Esa misma noche llegó
a la residencia de los Zimmerman un ramo descomunal de orquideas. Patricia
miró la tarjeta, un rectaingulo color sepia con un nombre de novela
escrito en arabescos dorados. De pésimo gusto, masculló,
adivinando al punto que se trataba del tipo engorninado del restaurante,
y ordenó poner el regalo en la calle en la esperanza de que el
remitente anduviera rondando la casa y se enterara del paradero de sus
flores. Al día siguiente trajeron una caja de cristal con una sola
rosa perfecta, sin tarjeta. El mayordorno también la colocó
en la basura. El resto de la semana despacharon ramos diversos: un canasto
con flores silvestres en un lecho de lavanda, una. pirámide de
claveles blancos en copa de plata, una. docena de tulipanes negros importados
de Holanda y otras variedades imposibles de encontrar en esta tierra caliente.
Todos tuvieron el mismo destino del primero, pero eso no desanimó
al galán, cuyo acecho se tornó tan insoportable que Patricia
Zimmerman no se atrevía a responder el teléfono por temor
a escuchar su voz susurrándole indecencias, como le ocurrió
el mismo martes a las dos de la madrugada. Devolvía sus cartas
cerradas. Dejó de salir porque encontraba a Fortunato en lugares
inesperados: observándola desde el palco vecino en la ópera,
en la calle dispuesto a abrirle la puerta del coche antes de que su chofer
alcanzara a esbozar el gesto, materializándose como una ilusión
en. un ascensor o en alguna escalera. Estaba prisionera en su casa, asustada.
Ya se le pasará, ya se le pasará, se repetía, pero,
Fortunato no se disipó como un mal sueño, seguía
alli, al otro lado de las paredes, resoplando. La mujer pensó llamar
a la policía o recurrir a su marido, pero su horror al escándalo
se lo impidió. Una mañana estaba atendiendo su correspondencia,
cuando el mayordomo le anunció la visita del presidente de la empresa
Fortunato e Hijos.
-¡En mi propia casa, cómo se atreve! -murmuró Patricia
con el corazón al galope. Necesitó echar mano de la implacable
disciplina adquirida en tantos años de actuar en salones, para
disimular el temblor de sus manos y su voz. Por un instante tuvo la tentación
de enfrentarse con ese demente de una vez para siempre, pero comprendió
que le fallarian las fuerzas, se sentía derrotada antes de verlo.
-Dígale que no estoy. Muéstrele la puerta y avíseles
a los empleados que ese caballero no es bienvenido en esta casa -ordenó.
Al dia siguiente no hubo flores; exóticas al desayuno y Patricia
pensó, con un suspiro de alivio o de despecho, que el hombre habia
entendido por fin su mensaje. Esa mañana se sintío libre
por primera vez en la semana y partió a jugar tenis y al salón
de belleza. Regresó a las dos de la tarde con un nuevo corte de
pelo y un fuerte dolor de cabeza. Al entrar vio sobre la mesa del vestíbulo
un estuche de terciopelo morado con la marca de Zimmerman impresa en letras
de oro. Lo abrió algo distraída, imaginando que su marido
lo habia dejado alli, y encontró un collar de esmeraldas acompañado
de una de esas rebuscadas tarjetas de color sepia, que habia aprendido
a conocer y a detestar. El dolor de cabeza se le transformó en
pánico. Ese aventurero parecía dispuesto a arruinarle la
existencia, no sólo le compraba a su propio marido una joya imposible
de disimular, sino que además se la enviaba con todo desparpajo
a su casa. Esta vez no era posible echar el regalo a la basura como las
rumas de flores recibidas hasta entonces. Con el estuche apretado contra
el pecho se encerró en su escritorio. Media hora más tarde
llamó al chofer y lo mandó a entregar un paquete a la misma
dirección donde había devuelto varias cartas. Al desprenderse
de la joya no sintió alivio alguno, por el contrario, tenia la
impresión de hundirse en.un pantano. Pero para esa fecha también
Horacio Fortunato caminaba por un lodazal, sin avanzar ni un paso, dando
vueltas a tientas. Nunca habia necesitado tanto tiempo y dinero para cortejar
a una mujer, aunque también era cierto, admitía, que hasta
entonces todas eran diferentes a ésta. Se sentía ridículo
por primera. vez en su vida de saltimbanqui, no podia continuar asi por
mucho tiempo, su salud de toro empezaba a resentirse, dormia a sacudones,
se le acababa el aire en el pecho, el corazón se le atolondraba,
sentia fuego en el estómago y campanas en las sienes. Sus negocios
también sufrían el impacto de su mal de amor, tomaba decisiones
precipitadas y perdía dinero. Carajo, ya no sé quién
soy ni dónde estoy parado, maldita sea, refunfuñiaba sudando,
pero ni por un momento consideró la posibilidad de abandonar la
cacería. Con el estuche morado de nuevo en sus manos, abatido en
un sillón del hotel donde se hospedaba, Fortunato se acordó
de su abuelo. Rara vez pensaba en su padre, pero a menudo volvía
a su memoria ese abuelo formidable que a los noventa y tantos años
todavía cultivaba sus hortalizas. Tomó el teléfono
y pidió una comunicación de larga distancia. El viejo Fortunato
estaba casi sordo y tampoco podia asimilar el mecanismo de ese aparato
endemoniado que le traia voces, desde el otro extremo del planeta, pero
la mucha edad no le habia quitado la lucidez. Escuchó lo mejor
que pudo el triste relato de su nieto, sin interrumpirlo hasta el final.
-De modo que esa zorra se está dando el lujo de burlarse de mi
muchacho eh?
-Ni siquiera me mira, Nono. Es rica, bella, noble, tiene todo.
-Ajá... y también tiene marido.
-También, pero eso es lo de menos. iSi al menos me dejara hablarle!
-Hablarle? Y para qué? No hay nada que decirle a una mujer como
ésa, hijo.
-Le regalé un collar de reina y me lo devolvio sin una sola palabra.
-Dale algo que no tenga.
-Qué ?, por ejemplo?
-Un buen motivo para reirse, eso nunca falla con las mujeres -y el abuelo
se quedó dormido con el auricular en la mano, soñando con
las doncellas que lo amaron cuando realizaba acrobacias mortales en el
trapecio y bailaba con su mona.
Al dia siguiente el joyero, Zimmerman recibió en su oficina a una
espléndida joven, manicurista de profesión, según
explicó "que venía a ofrecerle por la mitad de precio,
el mismo collar de esmeraldas qué había vendido cuarenta
y ocho horas antes.
El joyero recordaba muy bien al comprador, imposible olvidarlo, un patán
presumido.
-Necesito una joya capaz de tumbarle las defensas a una dama arrogante
-habia dicho.
Zimmerman le pasó revista en un segundo y decidío que debia
ser uno, de esos nuevos ricos del petróleo o la cocaína.
No tenía humor para vulgaridades, estaba habituado a otra clase
de gente. Rara vez atendia el mismo a los clientes, pero ese hombre habia
insistido en hablar con él dispuesto a gastar sin vacilaciones.y
parecia
-Qué me recomienda usted? -habia preguntado ante la bandeja donde
brillaban sus más valiosas prendas.
-Depende de la señora. Los rubíes y las perlas lucen bien
sobre la piel morena, las esmeraldas sobre piel más clara, los
diamantes son perfectos siempre.
-Tiene demasiados diamantes. Su marido se los regala como si fueran caramelos.
Zimmerman tosió. Le repugnaba esa clase de confidencias. El hombre
tomó el collar, lo levantó hacia la luz sin ninguln respeto,
lo agitó Como un cascabel y el aire se llenó de tintineos
y de chispas verdes, mientras la úlcera del joyero daba un respingo.
-¿Cree que las esmeraldas traen buena suerte?
-Supongo que todas las Piedras preciosas cumplen ese requisito, señor,
pero no soy supersticioso.
-Esta es una. mujer muy especial. No puedo equivocarme con el regalo comprende?
-Perfectamente.
Pero por lo visto eso fue lo que ocurrió, se dijo Zimmerman sin
poder evitar una sonrisa sarcástica, cuando esa muchacha le llevó
de vuelta el collar. No, no habia nada malo en la joya, era ella la que
constituía un error. Habia imaginado una mujer mas refinada, en
ningún caso una manicurista con esa cartera de plástico
y esa blusa ordinaria, pero la muchacha lo intrigaba, habla algo vulnerable
y patético en ella, pobrecita, no tendría un buen final
en manos de ese bandolero, pensó.
-Es mejor que me lo diga todo, hija -dijo Zimmerman, finalmente.
La joven le soltó el cuento que habla memorizado y una hora después
salió de la oficina con Paso ligero. Tal como lo habla planeado
desde un comienzo, el joyero no sólo habia comprado el collar,
sino que además la habia invitado a cenar. Le resultó fácil
darse cuenta de que Zimmerman era uno de esos hombres astutos y desconfiados
para los negocios, pero ingenuo para todo lo de más y que sería
sencillo mantenerlo distraído por el tiempo que Horacio Fortunato
necesitara y estuviera dispuesto a pagar ésa fue una noche memorable
para Zimmerman, quien habia contado con una cena y se encontró
viviendo una pasión inesperada. Al dia siguiente volvió
a ver a su. nueva amiga y hacia el fin de semana le anunció tartamudeando
a Patricia que partía por unos días a Nueva York a una subasta
de alhajas rusas, salvadas de la masacre de Ekaterimburgo. Su mujer no
le prestó atención.
Sola en su casa, sin ánimo para salir y con ese dolor de cabeza
que iba y venía sin darle descanso, Patricia decidió dedicar
el sábado a recuperar fuerzas. Se instaló en la terraza
a hojear unas revistas de moda. No había Ilovido en toda la semana
y el aire estaba seco y denso. Leyó un rato hasta que el sol comenzó
a adormecerla, el cuerpo le pesaba, se le cerraban los ojos y la revista
cayó de sus manos. En eso le Ilegó un rumor desde el fondo
del jardín y pensó en el jardinero, un tipo testarudo, quien
en menos de un año había transformado su. propiedad en una
jungla tropical, arrancando sus macizos de crisantemos para dar paso a
una vegetación desbordada. Abrió los ojos, miró distraída
contra el sol y notó que algo de tamaño desusado se movía
en la copa del aguacate. Se quitó los lentes oscuros y se incorporo.
No habia duda, una sombra se agitaba allá arriba y no era parte
del follaje. Patricia Zimmerman dejó el sillón y avanzó
un par de pasos, entonces pudo ver con nitidez a un fantasma vestido de
azul con una capa dorada que paso volando a varios metros de altura, dio
una voltereta en el aire y por un instante pareció detenerse en
el gesto de saludarla desde el cielo. Ella sofocó un grito, segura
de que la aparición caería como una piedra y se desintegraría
al tocar tierra, pero la capa se infló y aquel coleóptero
radiante estiró los brazos y se aferró a un níspero
vecino. De inmediato surgió otra figura azul colgada de las piernas
en la copa del otro árbol, columpiando por las muñecas a
una niña coronada de flores. El primer trapecista hizo una señal
y el segundo le lanzó a la. criatura, quien alcanzó a soltar
una lluvia de mariposas de papel antes de verse cogida por los tobillos.
Patricia no atinó a moverse mientras en las alturas volaban esos
silenciosos pájaros con capas de oro.
De pronto un alarido Ilenó el jardín un grito largo y bárbaro
que distrajo a Patricia de los trapecistas. Vio caer una gruesa cuerda
por una pared lateral de la propiedad y por alli descendió Tarzán
en persona, el mismo de la matine en el cinematógrafo y de las
historietas de su infancia, con su misero taparrabo de piel de tigre y
un mono auténtico sentado en su cadera, abrazándolo por
la cintura. El Rey de la Selva aterrizó con gracia, se golpeó
el pecho con los puños y repitió el bramido visceral, atrayendo
a todos los empleados de la casa, que se precipitaron a la terraza. Patricia
les ordenó con un gesto que se quedaran quietos, mientras la voz
de Tarzán se apagaba para dar paso a un lúgubre redoble
de tambores anunciando a una comitiva de cuatro egipcios que avanzaban
de medio lado, cabeza y pies torcidos, seguida por un jorobado con capucha
a rayas, quien arrastraba una pantera negra al extremo de una cadena.
Luego aparecieron dos monjes cargando un sarcófago y más
atrás un Angel de largos cabellos Aureos y cerrando el cortejo
un indio disfrazado de japonés, en bata de levantarse y encaramado
en patines de madera. Todos se detuvieron detrás de la piscina.
Los monjes depositaron el ataúd sobre el césped, y mientras
las vestales canturreaban en alguna lengua muerta y el Angel y Kuramoto
lucían sus prodigiosas muscculaturas, se levantó la tapa
del sarcófago y un ser de pesadilla emergió del interior.
Cuando estuvo de pie, con todos sus vendajes a la vista, fue evidente
que se trataba de una Momia en perfecto estado de salud. En ese momento
Tarzán lanzó otro aullido y sin que mediara ninguna provocación
se puso a dar saltos alrededor de los egipcios y a sacudir al simio. La
Momia perdió su paciencia milenaria, levantó un brazo y
lo dejó caer como un garrotazo en la nuca del salvaje, dejándolo
inerte con la cara enterrada en el pasto. La mona trepó chillando
a un arbol. Antes de que el faraón embalsamado liquidara a Tarzán
con un segundo golpe, éste se puso de pie y se le fue encima rugiendo.
Ambos rodaron anudados en una posicion inverosimil, hasta que se soltó
la pantera y entonces todos corrieron a buscar refugio entre las plantas
y los empleados de la casa volaron a meterse en la cocina. Patricia estaba
a punto de lanzarse a la pileta, cuando apareció por encantan-dento
un individuo de frac y sombrero de copa, que de un sonoro latigazo detuvo
en seco al felino y lo dejó en el suelo ronroneando como un gato
con las cuatro patas en el aire, lo cual permitió al jorobado recuperar
la cadena, mientras el otro se quitaba el sombrero y extraía de
su interior una torta de merengue, que trajo hasta la terraza y depositó
a los pies de la dueña de la casa. Por el fondo del jardín
aparecieron los demás de la comparsa: los músicos de la
banda tocando marchas militares, los payasos zurrándose bofetones,
los enanos de las Cortes Medievales, la equitadora de pie sobre su caballo,
la mujer barbuda, los perros en bicicleta, el avestruz vestido de colombina
y por último una fila de boxeadores con sus calzones de satén
y sus guantes de reglamento, empujando una plataforma con ruedas coronada
por un arco de cartón pintado. Y alli, sobre ese estrado de emperador
de utilería, iba Horacio Fortunato con su melena aplastada con
brillantina, su irrevocable sonrisa de galán, orondo bajo su pórtico
triunfal, rodeado por su circo inaudito, aclamado por las trompetas y
los platillos de su propia orquesta, el hombre más soberbio, mis
enamorado y más divertido del mundo. Patricia lanzó una.
carcajada y le salió al encuentro.
Glosario
Ataviado: Vestido.
Beduino: Nómada del desierto.
Bucólico: Relativo a la vida pastoril idealizada. Cinico: Desvergonzado,
procaz, sin escrúpulos.
Coleóptero: Insecto que tiene boca apta para masticar y
cuatro alas.
Coombina: Uno de los personajes de la Comedia del Arte italiana. Criada
astuta, esposa o amante de Arlequín que por su liviana conducta da
motivos de desazón a on tercer personaje: Pierrot.
Desparpajo: Descaro, desvergüienza.
Disipar. Pr: evaporarse.
Diva: Figura principal, estrella.
Dotado: Adomado.
Equitador: Que monta caballos.
Escuálido: Flaco.
Grupa: Anca de un caballo.
Hermafrodita: Que tiene los dos sexos.
Húsar: Soldado de caballeria ligera.
Inaudito: Jamás oído. // Fig.: monstruoso, extraordinario.
Inerte: Inactivo, inútil.
Intimidar. Causar o infundir miedo.
Inverosimil: Increíble.
Irrefutable: Que no se puede contradecir.
Lúgubre: Triste, luctuoso, melancólico, funesto.
Mascullar: Hablar entre dientes.
Níspero: Arbol de ramas retorcidas y frutos comestibles.
Ostentoso: Magnifico, lujoso. Claro, manifiesto, patente.
Parranda; Fiesta, jarana.
Patibulo: Lugar o tablado en que se ejecuta la Pena de muerte.
Proclive: Propenso.
Refulgir: Resplandecer.
Saltimbanqui; Titiritero. // Fig.: hombre bullidor y sin sustancia.
Samurai: En la sociedad feudal japonesa, guerrero, militar.
Satén: Tejido de algodón o seda brillante.
Sepia: Color terroso, ocre. Materia colorante negruzca extrafda de la jibia.
Tenderete: Puesto instalado al aire libre.
Truhán: Persona sin vergiienza que vive de engaños y estafas.
Vestales: Sacerdotisas de la diosa mitológica del hogar.
Vulnerable: Desprotegido, débil.
Zurrarse: Castigarse con azotes o golpes Notas
Bahamas: Grupo de islas del Ockano Atlintico occidental.
Hacer caso omiso: No tener en cuenta.
Masacre de Ekaterimburgo: Asesinato de la familia real rusa, acaecido el
16 de julio de 1918, en Yekaterinburg, por orden del Soviet de los Urales.
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