Insomnio

Dr. Hugo D. Mitoire

Médico cirujano de Oberá – Misiones

 

Muy a menudo el Sr. M debe recurrir a innumerables procedimientos (a la postre todos estos infructuosos), con el anhelado y simple propósito de dormir.

Ha comenzado, como ya se sabe, con el popularizado método de beber un vaso de leche caliente antes de acostarse, ha probado con otros no menos populares procedimientos como el de evitar comidas o bebidas, o el hablar de ciertas cosas, de conocidos efectos, (sí bien no alucinógenos, al menos) estimulantes, para la conciliación del sueño. Uniformemente todos fracasaban.

La búsqueda de algún método que le permitiera descansar y reparar sus energías, ha derivado insospechadamente, en una circunstancia (beneficiosa a su criterio, dentro de su somnoliento mundo situado en los límites de la vigilia y el sueño), como la obsesiva lectura.

Este acontecimiento (por él considerado beneficioso), tornose en un eficaz y prometedor modo de inducir el inalcanzable sueño. La agotadora lectura, (como se afirma, o se piensa al menos) conduce invariablemente al cansancio mental y a la fatiga visual, elementos estos que, aunadamente resultan determinantes para promover ( y solo eso) el inicio del proceso del sueño. Esto si bien no era la solución completa, al menos alentaba las esperanzas de M.

El estado de alerta sin embargo, no lograba abandonarlo por entero, ni aún luego de largas horas de lectura. Noche a noche se libraba una abstracta y denodada lucha, en los confines de la razón. En ese submundo inexpugnable, su alicaída voluntad se enfrentaba a la cada vez mas poderosa y misteriosa, resistencia al sueño.

Abatido, y sin ningún aliento, una noche se propuso intentar un procedimiento milenario (y resistido por él hasta ese momento), como el simple acto de contar ovejas.

El repetitivo, secuencial y harto rutinario paso de los elementos lanudos, produce (como ya se sabe) en el imaginario mental de las personas, un hastío del que no se sale, sino a través del sueño.

Fortalecido por esta nueva perspectiva, M se concentró una madrugada, en un prolijo corral, de perímetros bastante definidos, de forma casi rectangular (mas bien ovoide), que en uno de sus (si se quiere) extremos, se prolongaba en forma de manga, que afinandosé, llegaba a una extensión de nueve o diez metros. Una especie de portón imaginaba el Sr. M, en el extremo opuesto, por donde suponía ingresarían los cuadrúpedos. Prolijamente se encaminarían hacia el otro extremo donde a manera de embudo, las serenas ovejas no tendrían otra alternativa que continuar por la manga, hasta llegar nuevamente al espacio exterior. Esta circunstancia sería aprovechada por M, ya que la travesía por esa manga, (cuyas medidas admitirían el paso simultáneo de hasta tres o cuatro ovejas), sería mas que suficiente para enumerarlas en forma prolija y rutinaria.

Cuando creyó oportuno, hizo ingresar al grupo ovejuno al perímetro del corral, y como era de esperarse, las que lideraban la manada se dirigieron (con paso tranquilo) hacia la zona del embudo. Aquí el Sr.M creyó necesaria la primera modificación que (a su criterio), sería beneficiosa, a los efectos contables. Colocó en el inicio de la manga una traba de madera, a una altura de unos cuarenta centímetros, con el evidente propósito, de que, llegado a este sitio los lanares deberían realizar indefectiblemente un pequeño salto, para superar el obstáculo. Este movimiento de elevación, se convertiría en un reaseguro contable, ya que ninguna escaparía al control del paso y su enumeración.

Al principio, las ovejas se dirigían ordenadas y sigilosas, y saltaban prolijamente la valla, seguían por la manga, llegando al espacio exterior. Pero a los pocos minutos ya se produjo el primer embotellamiento y todas pugnaban por saltar al mismo tiempo. El paso comenzaba a hacerse tumultuoso y M debía esforzarse para llevar una rigurosa cuenta. Algunas desobedeciendo las directivas rutinarias preestablecidas, cambiaban imprevistamente de rumbo dentro del corral, formándose grandes remolinos, llegando a extremos de que gran número de ellas escapaba por el portón de entrada.

Lo que al principio era una procesión ordenada, silenciosa y serena, habìase transformado en un caos, con corridas, rumbos erráticos, a lo que también se sumaba ahora el concierto desafinado del balar de cientos de ellas.

El dantesco escenario, se convertía en un hecho angustioso, más aún cuando en un momento, el cerco del corral era destrozado por las furiosas ovejas, escapando éstas despavoridas en todas las direcciones posibles. En ese punto la angustia del Sr. M se transformaba en impotencia y desazón, ante la imposibilidad de ordenar el paso ovejuno, y por perder todo dato contable.

Afortunadamente, el timbre del despertador lo salvaba transitoriamente de la situación, indicando a M que un nuevo y rutinario día comenzaba.