Depredador

Dr. Juan Carlos Gallo

Servicio de Cardiología del Hospital Álvarez, Buenos Aires.

 

depredador

Sentado en el banco del parque reflexionaba sobre su tema favorito. Él mismo. Los beneficios de su especie lo convertían en el depredador perfecto, así se sentía y así vivía.

Seleccionaba a sus víctimas sin emociones, calculaba los riesgos que implicaba el ataque, elegía el momento ideal y siempre tenía éxito.

A lo largo de los años había perfeccionado sus técnicas, descubrió algunas cosas interesantes sobre la conducta de las presas, su inexplicable sexto sentido cuando se les acercaba por detrás, la escasa aptitud de estas para la defensa, el hecho que la sorpresa anula los mecanismos instintivos de huída, en una búsqueda inútil de comprensión. El máximo logro del ser humano era a su vez su talón de Aquiles, ese era pues su instante de gloria, debía acercarse de costado, ligeramente por detrás, aproximarse en línea recta a un punto imaginario detrás de la oreja de la víctima, un punto ciego sobre el cual el instinto parecía estar ausente. Si esta llevaba en sus manos una cartera u otro objeto ese sería el lado desde el cual atacar, las manos ocupadas dificultan la defensa.

Le causaba gracia como se repetía la secuencia, él llegaba repentinamente, sin desviarse un centímetro de la ruta planeada, en el momento de contacto siempre pasaba los mismo, la víctima giraba hacia él al tiempo que daba uno o dos pasos alejándose, levantaba la vista con una expresión de asombro y se detenía. Siempre pensó que esto se debía a ciertos mecanismos de identificación de la especie, al descubrir que no se trataba de una fiera si no de un humano su cerebro dudaba. Y la duda era fatal.

Sospechaba que esta conducta también tenía algo de aprendido ya que en los niños no ocurría. Los niños siempre huían.

También había esbozado el perfil de la presa ideal, hombre, de alrededor de cincuenta años y con aspecto instruido. Aparentemente la educación restaba reflejos, estaba claro que los intelectuales siempre intentan dialogar y esto era su perdición. Las mujeres eran todo un problema, suelen estar alertas, gritan y muchas portan armas, ellas son aleccionadas desde niñas sobre los riesgos de la calle, caminan rápido y siempre están al tanto de lo que ocurre a su alrededor, a ellas hay que acercarse de frente sin mirarles a los ojos, ese es su punto débil, verán en el otro un hombre y no una amenaza.

El lugar también era importante, los sitios oscuros, arbolados, donde las luces y sombras crean imágenes engañosas estimulan el alerta de las personas. Ocultarse no era tan bueno como se cree, es preferible estar a la vista, limpio y bien vestido. Dar el mensaje con gestos que digan “no temas, no represento peligro”. Hay que usar al otro en provecho propio.

Claro que los sobresaltos ocurren, recordaba vivamente la vez en que, al momento de atacar un auto patrulla dobló la esquina, sus faros iluminaron la escena, solo sus reflejos le permitieron pasar raudamente frente a la víctima y caminar directamente hacia el vehículo policial sin llamar la atención.

Los depredadores conocen sus territorios de caza, así lo entendía y por ello acostumbraba reconocer el terreno varias veces, sin hacerse notar ya que más tarde podrían identificarlo. Permanentemente cambiaba de territorio. Los ataques reiterados en una zona solo atraían a la policía y alertaban a las víctimas.

Tanto era su orgullo, que dedicó semanas a crear un alias. Inspirado en el nombre científico de las Orcas “portador de la muerte” eligió Máximo Arco — el depredador supremo- como apodo.

Le fascinaba la manera en que podía atacar sin ver comprometidos sus sentimientos, no era una cuestión de afectos, simplemente se trataba de supervivencia. El más fuerte siempre gana. No imaginaba a un león cuestionando lo ético de sus matanzas, solo era un león y como tal actuaba.

El hombre que pasaba llamó su atención, cubría sus expectativas sobre la víctima, parecía distraído y débil. No sería un problema.

Se preparó para la acción, tanteó en su bolsillo el frío contacto del metal, su ojos se fijaron en la presa al tiempo que esperaba, se colocó para atacar con el ángulo ideal, sería fácil; el corazón se aceleró y su visión se centró en el otro como a través de un túnel, nada más importaba, la hora había llegado.

Dio el primer paso, descendió el cordón de la vereda. Todo iba bien. Extrajo el arma de entre sus ropas, unas gotas de sudor cayeron de su frente y sus dientes se apretaron.

En ningún momento percibió problemas, solo una sombra. Giró dando un paso al costado y lo vio, no hubo dolor. Solo un sordo golpe detrás de su oreja y todo terminó.

Un nuevo depredador había llegado al territorio.