Cuatro y diez AM

Dr. Ronaldo Alfredo Varela

Médico Psiquiatra, Sanatorio del Sol, Bariloche-Rio Negro.

 

La primera noche había intentado dormir sin sueño. Traía a su cuarto cansancio, comida, unas copas de más. El contacto con la manta le pareció inadecuado. Hacía calor.
Como todas las noches, ubicó el selector de su radio en automático y cerró los ojos. El sueño no tardó demasiado en llegar, mientras una voz, familiar por la costumbre, leía poemas pésimos mezclados con música que, pensó él no hubiera elegido nunca.
Sobresaltado, despertó y miró el reloj: las cuatro y diez de la mañana. Algo lo inquietaba, algo lo había despertado y en el confuso primer segundo no supo qué. El teléfono sonaba, casi mudo pero con insistencia. Tomó el tubo y con desgano pidió automáticamente la identificación del otro, hola y silencio.
No había sonidos por detrás de los ruidos inexistentes de la línea. Ruidos técnicos, pensó. Pidió otra vez, hola. Nadie le contestó; esperó unos segundos y colgó.
Al día siguiente apenas recordaba el episodio. Tuvo que esforzarse para investigar en su mente lo que había pasado. Al poco tiempo lo borró.
Hasta la segunda noche, pasaron más de cuatro días. Detrás de las ceremonias habituales, había llegado a dormir sin proponérselo. Ya los sonidos no se escuchaban: la mecánica tarea de los transistores había callado la radio. El sobresalto -entonces recordó- fue el mismo y despertó con la mirada clavada en el visor verde: las cuatro y diez.
Tal como la primera vez, en la línea sólo había silencio, ruidos de estática y quizás una radio mezclada, lejana. Pidió la identificación y solo obtuvo silencio. Esta vez no colgó; intentó una breve conversación con él mismo, dirigida a un otro inexistente. Comenzó a decir todo lo que se espera en estos casos: que estas no son horas, que qué se creían, que cómo despertar a una persona que trabaja, que por favor no lo molestaran más.
Cuando finalmente colgó, no pudo dormir de inmediato. Tardó el tiempo suficiente como para que en su registro del día siguiente, apareciera claro y nítido el sonido del teléfono con la campanilla casi sorda.
Sus días eran iguales. El trabajo, la comida, las tareas de la casa, los intentos por encontrar sentido a las cosas, la trascendencia de lo cotidiano.
A la semana, después de una noche algo difícil, la sensación al despertar fue casi distinta. De alguna manera, como un reflejo condicionado, algo en su mente le hacía esperar la cita.
Levantó el teléfono y comenzó a hablar. Comentó acerca de su día, de lo difícil que había sido, de las dificultades para terminar un trabajo escrito que le habían pedido. Que casi se queda sin nafta en la vuelta a su casa, que había notado un aire raro por la tarde y que algo en la mirada de uno de sus perros le había provocado tristeza. Mientras hablaba, pensó que hacerlo de esa forma era como jugar a la ruleta rusa: no sabía si alguien le escuchaba, no podía precisar hasta cuando tenía tiempo. Del otro lado, sin embargo, no colgaron. Cuando se le acabaron los temas espontáneos, definió que ya era suficiente, se despidió -tan formal- y colgó.
Las semanas siguientes, esperaba la repetición del hecho con intriga. Cosa rara: la certeza de su cita no le impedía conciliar el sueño; había logrado una cierta paz en la inseguridad de las llamadas, y después de mantener la (absurda?) conversación consigo mismo, sentía cansancio y placer, dormía y se recordaba feliz por la mañana. No notaba desagrado en lo que hacía, y la esperanza del despertar lo mantenía con la necesaria dosis de algo que no sabía, o no podía definir.
Fue, durante meses, héroe de sus propias historias. Una noche se acordó del agua fresca de una casa de su infancia, otra vez se encontró hablando acerca de la eficacia de su trabajo y sus dudas, dos noches mas tarde recordó, con sorpresa, haber contado con detalles de emoción su primer beso y la nostalgia de las tardes de su pueblo en verano. Lentamente, al pasar las noches, se fue dando cuenta de que quien fuera que se tomara el trabajo de escucharlo, necesariamente tenía que tener algo más que la morbosidad de alguien que espera enterarse de la vida de otro. En las citas nocturnas había dedicación, una cierta perfección indefinida puesta en la insistencia. Cada vez que colgaba imaginaba caras, miradas, gestos de complicidad, juegos.
De a poco fue pasando el tiempo, con sus esperas definidas, esperanzas y desganos.
Hasta esa noche, no se había decidido, pero su mente racional le llevó a tomar la iniciativa del final.
Había estado pensando que ya no tenía sentido continuar con ese monólogo impreciso. Le había pasado, en las últimas llamadas, notar que ya había dicho la mayor parte de lo que cada uno tiene para decirle al otro y ,cuando la respuesta de la comunicación no llega, la eficacia del relato se torna impredecible.
Cuando despertó, el visor marcaba las cuatro y diez. Levantó el teléfono y esperó.
Lentamente comenzó a pasar el tiempo y con sorpresa y temor, notó que las ideas que llegaban de su mente casi hasta formar las palabras, eran muchas más y sensiblemente más ricas que las que surgían cuando hablaba. Pasaron minutos largos; sintió que no necesitaba abrigo, cayó la frazada a un costado, comenzó a separar, intangiblemente, el plástico gris del teléfono de su oído.
Casi al borde del momento definitivo, algo pasó del otro lado, y una suave, melancólica y casi inexistente voz, lo sorprendió.
-Hola.