Abdul

Dr. Javier Saggese

Servicio de Neurología del Htal Churruca

 

Fez era la primer estación en el viaje por Marruecos, que alguna agencia de viajes había bautizado con el pomposo nombre de Ciudades Imperiales.

Era el bautismo de los occidentales en el río multicolor del mundo musulmán .. Pero este bautismo como las abluciones de los marroquíes no implicaba una inmersión completa, sino un baño purificador. Son salpicaduras aquí y allá, alguna friega apurada en determinados sitios y el simbolismo esta cumplido.

Para los árabes es la limpieza de cuerpo y espíritu antes de entrar a orar en la mezquita, para los turistas significa creerse el discurso marrullero del guía que promete estar mostrando todo o al menos lo mejor del lugar.

El caldo gordo de la visita era el paseo por la Medina, que según la explicación de nuestro baqueano, es el nombre que se le da a la ciudad vieja, de rancias raices árabes, donde habitualmente se encuentran mezquitas, medersas y hasta palacios, destacando la disposición laberíntica de sus calles, y la presencia de murallas y puertas de acceso.

En el caso de Fez sus principales mezquitas, la andaluza y la kairuanesa, datan del siglo nueve y revelan las dos corrientes poblacionales de los comienzos de esta ciudad, la proveniente de la península ibérica y la tunecina, mas precisamente de la ciudad de Kairúan.

Todo esto lo íbamos aprendiendo a medida que nos acercábamos a la fachada externa de su puerta principal, de un maravilloso color azul, propio y característico de esta villa. Antes de surcar el portal nos encomendó que si alguien se sentía perdido no se debería mover de su sitio, permaneciendo plantado en el mismo lugar en que uno se reconocía como extraviado o desmembrado del resto del grupo, ya que él regresaría al rescate. Abdul, nuestro guía, repitió varias veces esto en distintos idiomas y tonos de voz, para que nadie pudiera ignorarlo.

Ya dentro, vimos que esa misma arcada, por su cara interna era de un color verde igualmente fascinante, significando la esperanza de un pronto y seguro regreso. La callejuela por donde entramos y otra que esta paralela a ella, descienden unos cinco kilómetros con un curso aceptablemente lineal hacia la otra entrada en el emplazamiento de los carpinteros, pero nosotros iríamos por las callejuelas laterales y senderos tortuosos para conocer las entrañas de esta ciudad histórica.

La multitud discurría, y nosotros inmersos en ella, abriéndonos paso milagrosamente entre los burros, los ansiosos puesteros, los demás caminantes y los porteadores de mercancías. En algunas oportunidades debíamos introducirnos dentro de los vestíbulos de las casas, ya que un asno cargado hasta las orejas nos enfrentaba y no había espacio para colarnos por un costado. Así descubrimos que las casas con un gran portón de madera, que tenían una puerta más pequeña calada en su estructura, solían ser especies de palacios con patios almorávides y habitaciones principescas. Este doble sistema de puertas se usaba cuando el señor de la casa entraba o salía cabalgando, el mozo de la casa abría la puerta mayor cuando sonaba el aldabón, mientras que si llamaban con la aldabilla se usaba la entrada pequeña.

Fue en estos pasadizos que comencé a sentir la extraña sensación de que se me deshilaba el tiempo, como si unas garras antiquísimas tiraran de la cuerda de mi reloj, forzándome a retroceder hacia el foso del pasado.

En un ejercicio de autocontrol me convencí que era una manifestación más de mis fobias y como recurso contrafóbico seguí a Abdul a distancia más corta.

Visitamos barrios de distintos trabajadores, zapateros que hacen babuchas de cuero de camello forradas por dentro con piel de cordero, los bordadores que con hilos de seda adornan finas chilabas y túnicas , con una preciosidad admirable, los tejedores en telares que hábilmente entrelazaban seda, algodón y lana con diseños únicos…

Luego nos condujo por una ruta que difícilmente podría describirse como pasadizo, sino que impresionaba una grieta olvidada entre las viviendas, que algún literato occidental le dio el mote de túnel del tiempo, ya que conducía hacia una curtiembre que databa del siglo noveno, y que prácticamente no se había modernizado.

Ese nombre atizó las cenizas de mi temor apagado por un rato y el olor nauseabundo que emanaba de este sitio se confabularon para descomponerme un poco. Las ramitas de menta que repartió el guía antes de entrar eran un tibio paliativo en esa atmósfera de turbios efluvios.

Borricos cargando cueros empapados en soluciones fosfatadas, o lo que es lo mismo embadurnados con una especie de guano chirle, no parecían percibirnos y, si nuestros reflejos no nos hacían saltar, éramos atropellados sin miramientos.

Los piletones gigantes tenían pieles y cueros en distintas etapas de putrefacción y de coloración , por donde los trabajadores se paseaban descalzos, con el agua hasta la cintura, pasando bultos de una etapa otra de la curtiembre. El único hito que atestiguaba que no estabamos en una ciudad de la era medioeval, era una enorme secadora de principios de siglo, como un gigantesco tonel fisurado, que giraba merced a un motor eléctrico.

El sector de secado al sol estaba constituido por una serie de construcciones en terraza que balconeaban sobre los piletones; a nivel del suelo habían unos cubículos donde los trabajadores pintaban con cal viva a las pieles desolladas o extraían la cornamenta del esqueleto del animal.

Aparte de la máquina secadora y, claro está, los integrantes del tour, el resto de paisaje destilaba historia de esclavitud, fermentos de enfermedades y tintura de pobreza . Pensaba esto cuando caí en cuenta que Abdul y el grupo salían de este infierno terreno, y yo a varios metros de distancia tenía flanqueado el paso por una mula desbordante de carroña.

Sentí que el piso se hacía adherente, mis pies se consolidaban en mármol mientras mi corazón aleteaba como queriendo escapar de su jaula.

Me sobrepuse y evitando al animal, solo Dios sabe con que maniobra, di un centenar de zancadas hasta divisar la cola de mi grupo. Volví a sentir que daba un paso atrás en el ritmo de mi vida e imaginé el foso de la antigüedad cada vez más cercano.

Recuperé el ritmo andante de Abdul y seguimos rumbo al zoco, que viene a ser el mercado de la ciudad, donde late el pulso poderoso de una cultura y de una manera de entender la vida: comerciar y regatear.

Fue aquí donde embriagado por los perfumes de las especies, hipnotizado por los colores de telas, alfombras y ropajes, que saludaban con la mano gentil del viento, distraje mi andar presuroso y olvide mi temor de perder la huella de la conexión con el presente.

Y fue una daga de mango de nácar con adornos de plata y ébano y filo acerado la que finalmente cortó el cordón umbilical con el resto del mundo y la soga tirante del pozo, me ancló sin remedio.

Recién cuando hube pagado mil dirhams por esa afilada obra de arte, descubrí que estaba solo en ese gentío y que ni siquiera sabía cuanto tiempo había despilfarrado regateando.

Ignoraba la dirección que había tomado el resto de la excursión, pero sabía que no debía moverme de ese sitio. Me sentía boyando en el mar de los sargazos, en medio de una tormenta humana que tronaba incomprensiblemente, con vientos que me traían olores desconocidos y relampagueban con colores vivos.

Después de permanecer de pie varias horas, oteando un horizonte invisible, me senté en el piso apoyándome contra una pared, con el alfanje en el regazo, la mirada enterrada y el alma contrita.

Desconozco cuanto tiempo hubo pasado cuando al mejor estilo bereber vendí el cuchillo corvo, con una considerable ganancia, a una pareja inglesa vestidos como a principios de siglo.

Me llamó la atención ver un sombrero de copa entre tantas capuchas, pero el adorno con rosas de seda y cintas arremolinadas que tenía ella sobre su cabeza era risible, aunque en mi situación apenas podía evitar el llanto.

No tengo memoria acerca del tiempo en que estuve ahí sentado, ni que comí, si es que lo hice, pero recuerdo que mis piernas estaban modeladas en arcilla fresca cuando intente levantarme, desparramándome hacia adelante imitando desgraciadamente una plegaria mahometana.

Estaba enjuto y débil, y aunque me ayudaron a andar nunca me retiré demasiado del sitio donde debía esperar. Compraba por poco y vendía por algo, ganando mi comida fácilmente; decidí vestirme a la usanza del lugar para negociar con más facilidad, pero más atento que nunca, ya que así vestido sería infructuoso el esfuerzo de Abdul para detectarme.

Conocí gente de muchos países, que como en una inacabable obra de teatro vestían trajes de épocas idas y conversaban acerca del pasado como si recién los hubieran noticiado…

Olvidé a quien o que estoy esperando, pero siento en mi interior que debo volver siempre a un mismo sitio del zoco. Tengo una casa señorial en el barrio de los orfebres y me dicen que mis diseños en plata son de vanguardia, pero a mí me parecen simples y triviales.

Tengo un talismán tallado en madera con una forma misteriosa que dibuja el nombre Abdul, cuya significación emblemática o esotérica ignoro. Tampoco sé de que me protege, ni si tiene poderes pero al atardecer elevo una plegaria que inicio con ese nombre…