Gador en la Cultura

Colección de cuentos de INSOMNIUM®



MARCHA NOCTURNA

TIM OBRIEN

Nació en Minnesota, Estados Unidos, en 1946. Desde joven unió su labor como reportero del Washington Post a la literaria. La novela Persiguiendo a Cacciato (1975), que recibió el National Book Award en 1979, al igual que casi toda su obra, desarrolla la problemática americana de la guerra de Víetnam. La escritura de OBrien ha sido emparentada tanto con la de Hemingway como con el realismo mágico de los escritores latinoamericanos del '60. Recibió el premio O'Henry en dos oportunidades (1976 y 1982) por los relatos Marcha nocturna y The ghost soldiers. Entre otros títulos publicados encontramos If I die in a combat zone, box me up and ship me home y Northem lights.

El pelotón de veintiséis soldados avanzaba despacio en la oscuridad, en fila india, sin hablar. Uno por uno, como ovejas en un sueno, cruzaron el seto, atravesaron calladamente un prado y llegaron al arrozal. Allí se detuvieron. El jefe se arrodilló, haciendo una seña con la mano, y uno por uno los demás se agacharon o arrodillaron o sentaron. Estuvieron inmóviles un buen rato. Excepto por el sonido de la respiración y una vez el goteo suave de uno que orinaba, los veintiséis soldados no hacían ruido: algunos excitados por la aventura, algunos atemorizados, algunos agotados por la larga marcha nocturna, algunos ansiando llegar al mar, donde estarían a salvo. En el final de la columna, el soldado Paul Berlin estaba echado con la frente apoyada en la culata de plástico negro del rifle, los ojos cerrados. Fingía. Fingía que no estaba en la guerra, fingía que no había visto a Billy Boy Watkins muriendo esa tarde de un ataque al corazón. Fingía que había vuelto a la infancia y acampaba con su padre una noche de verano a orillas del río Des Moines. En la oscuridad, cerrando los ojos con fuerza, fingía. Fingí que cuando abriera los ojos su padre estaría junto a la fogata y hablarían quedamente de bueyes perdidos y luego se meterían en las bolsas de dormir, y que más tarde despertarían y sería de mañana y no habría guerra, y que Billy Boy Watkins no había muerto de un ataque al corazón esa tarde. Fingía que no era soldado.

En la mañana, cuando llegaran al mar, sería mejor. La tarde calurosa estaría olvidada, no habría existido; se bañaría en el mar, y olvidaría cuánto miedo había sentido su primer día en la guerra. El segundo día sería mejor. Aprendería.
Hubo un sonido a su lado, un movimiento, y luego alguien jadeó: "¡Eh!". La sombra susurró "Eh" y Paul Berlin abrió los ojos, tiritando.

-Eh -susurró la sombra-. ¡Eh! Nos ponemos en marcha, demonios. Levántate.

-Bueno.

-¿Qué, estabas dormido?

-No.

-No podía distinguir la cara del soldado. Buscó el rifle con manos torpes, manos de cemento, lo encontró, encontró el casco.

La sombra-soldado gruñó.

-Tienes mucho que aprender, amigo. Te pegaría un tiro si pensara que estabas durmiendo. Vamos.

El soldado Paul Berlin pestañeó.

Allá adelante, perfilada contra el cielo, vio la hilera de soldados que empezaba a internarse en las aguas chatas del arrozal, el contorno negro de los hombros, las armas y las mochilas. Estaba cómodo. No quería moverse. Pero tenía miedo, pues era su primera noche en la guerra, y se apresuró a alcanzarlos, tropezando una vez, rasguñándose la rodilla y tanteando; las botas se le hundieron en el espeso arrozal y lo olió todo alrededor, el miedo, y la guerra. Le contaría a su madre cómo olía. A lodo y algas, le contaría, a estiércol de vaca y clorofila, putrefacción, mosquitos proliferantes y sanguijuelas grandes como ratones, la tibieza densa de las aguas llegándole a la rodilla cortada. Le contaría esto, pero no el miedo que había tenido en la tarde, cuando Billy Boy murió de un ataque al corazón.

Cuando llegaran al mar, las cosas serían mejores. Tendrían la retaguardia protegida por cinco mil millas de mar abierto, y nadarían y se zambullirían en las olas y pescarían langostinos y olerían la sal, y estarían a salvo.

El soldado Paul Berlin siguió la sombra del hombre que lo precedía. Era una noche clara. Ya había despuntado la Cruz del Sur. Y otras estrellas cuyo nombre ignoraba: pronto, pensó, pronto aprendería los nombres. Y nubes algodonosas. Aún no había luna. Mientras cruzaba el arrozal sus botas hacían ruidos húmedos y soñolientos, como una canción de cuna, y él trataba de no pensar. Aunque tenía miedo, ahora sabía que el miedo tiene muchos grados y tipos y categorías especiales, y sabía que este miedo no era tan terrible como el de la tarde calurosa, cuando un ataque al corazón mató al pobre Billy Boy Watkins. Ahora sentía un miedo difuso e indeterminado: fantasmas en la arboleda, miedos nocturnos de niño, un cuco en el placard que su padre abría para mostrarle que estaba vacío, diciéndole: "¿Ves? Allí no hay nada, campeón. Ahora puedes dormir". En la tarde había sido diferente. El miedo era apretado y tenso, y él avanzaba a gatas, reptando como un insecto, una hormiga escapando de los pasos de un gigante, sin pensar en nada, el cerebro agitado como cemento húmedo en la mezcladora, la mente en blanco, mirando cómo moría Billy Boy. Ahora, mientras salía del arrozal a un sendero angosto, ahora, el miedo era principalmente miedo a sentir otra vez tanto miedo.
Trató de no pensar.

Había aprendido trucos para no pensar. Contar: contaba sus pasos, concentrándose en el número, fingiendo que los pasos eran dólares y cada paso en la noche lo enriquecía más y más, de modo que pronto sería rico, y seguía contando y pensaba cómo podría gastar el dinero después de la guerra, qué haría, qué diría si le preguntaban. Miraría a su padre a los ojos, se encogería de hombros y diría: "Al principio fue terrible, pero aprendí mucho y me acostumbré". Luego contaría a su padre la historia de Billy Boy Watkins. Una buena historia de guerra, una historia que valía la pena. Sí, contaría la historia, pero nunca aclararía cuánto miedo había sentido. "No era para tanto", diría en cambio, enorgulleciendo a su padre.

Canciones, otro truco para no pensar: Where have you gone, Billy Boy, Billy Boy, oh, where have you gone, charming Billy? I have gone to seek a w¡fe, she's the joy of my life, but she's a young thing and can not leave her mother, y otras canciones que cantaba mentalmente mientras caminaba hacia el mar. Y cuando llegara al mar cavaría un hoyo profundo en la arena y dormiría como las altas nubes, y ya no tendría miedo.

Salió la luna. Pálida y reducida al tamaño de una moneda.

El casco le pesaba en, la cabeza. En la mañana ajustaría la correa de cuero. También limpiaría el rifle. Aunque no había podido dispararlo durante la tarde calurosa, limpiaría cuidadosamente la recámara y el cañón y la boca, así la próxima vez estaría preparado y no sentiría tanto miedo. En la mañana, cuando llegaran al mar, empezaría a hacerse de amigos entre los demás soldados. Aprendería sus nombres y reiría de sus bromas. Cuando terminara la guerra tendría amigos de la guerra, y les escribiría de vez en cuando para intercambiar recuerdos.
Caminando, durmiendo mientras caminaba, se sentía mejor. Miró cómo subía la luna.

Una vez bordearon una aldea dormida. De nuevo los olores: heno, ganado, moho. Los hombres callaban. En el otro extremo de la aldea, en lo profundo de los olores oscuros, ladró un perro. La columna se detuvo hasta que los ladridos murieron; luego se alejó rápidamente de la aldea, a través de un cementerio erizado de montículos cónicos y pequeños altares de arcilla y piedra. El cementerio tenía un olor perfumado. Un buen lugar para pasar la noche. Los montículos servirían como parapetos, y los olores eran buenos y el lugar era tranquilo. Pero siguieron adelante, atravesando un seto y otro arrozal y dirigiéndose al este, al mar. Caminaba con cuidado. Recordaba lo que le habían enseñado: alejarse del centro del sendero, pues allí es donde siembran las minas, por donde caminan los soldados estúpidos y haraganes. Manténganse alerta, le habían enseñado. Más vale alerta que inerte. Á-gil, mó-vil, hos-til. Mientras caminaba, paso a paso, lamentó no haber prestado más atención al adiestramiento. No recordaba qué habían dicho sobre el terrible miedo, cómo pararlo, qué decirle. Habían olvidado las lecciones sobre coraje, y no habían mencionado que Billy Boy Watkins moriría de un ataque al corazón, pálido y con las venas hinchadas.
El soldado Paul Berlin caminaba cuidadosamente.

Estirándose como un collar de cuentas oscuras, la hilera de soldados cuyos nombres aún ignoraba se movía con el silencio y la gracia lenta del humo. De vez en cuando el claro de luna arrancaba un destello a una ametralladora o un reloj de pulsera. Pero en general los soldados estaban callados y ocultos y ensimismados en una noche apacible, extraños en una calle larga, y él se sentía muy separado de ellos, arrastrado como el vagón de cola de un tren nocturno, impulsado por la inercia, sonámbulo, añadido a la guerra.
Así que caminaba con cuidado, contando los pasos.

Cuando había contado tres mil cuatrocientos cincuenta, la columna se detuvo.

Uno por uno, los soldados se agacharon o arrodillaron.

La hierba del borde del sendero estaba húmeda.

El soldado Paul Berlin se recostó y apoyó la cabeza para lamer el rocío cerrando los ojos, otro truco para olvidar la guerra. Tal vez se durmió. "No tuve miedo", decía, o soñaba, enfrentando los ojos severos de su padre.

No tuve miedo -dijo, apoyándose en los codos. junto a él un soldado mascaba silenciosamente chicle con gusto a menta.

¿Durmiendo otra vez? -susurró el soldado.

No -dijo el soldado Paul Berlin-. Claro que no.

El soldado gruñó, desatornilló la tapa de la cantimplora, tragó y se la alcanzó en la oscuridad.

-Bebe un sorbo.

-Gracias.

-Tú eres el nuevo.

Sí. -No quería admitirlo, pero repitió: - Sí. El soldado le alcanzó un chicle.

Masca en silencio, ¿de acuerdo? No infles globos ni nada.

-Gracias. No lo haré. -No podía distinguir la cara del muchacho en la sombra.

Permanecieron inmóviles, y el soldado Paul Berlin mascó el chicle hasta que perdió todo el azúcar.

-Hoy fue un mal día, amigo -dijo luego el soldado.

Paul Berlin cabeceó sabiamente, pero no habló.

-No creas que siempre es tan malo -susurró el soldado-. No quiero asustarte. Pronto te acostumbrarás, supongo. Siempre hubo guerras, y uno se acostumbra.

-Claro.

-Tú te acostumbrarás.

Guardaron silencio un rato. Y la noche era silenciosa, sin grillos ni pájaros, y costaba imaginar que realmente era una guerra. Buscó la cara del soldado pero no la encontró. No importaba mucho. Aunque le viera la cara no sabría el nombre, y aunque supiera el nombre tampoco importaría.

-Tienes hora? -susurró el soldado.

-No.

-Demonios... No importa en realidad. De cualquier modo, pasa más rápido si no sabes la hora.

-Supongo.

-¿Cómo te llamas, amigo?

-Paul.

-Gusto en conocerte --dijo el soldado, y se dieron la mano en el oscuro borde del sendero-. Yo me llamo Tony. Pero todos me llaman Buffalo.

-La mano del soldado era extrañamente tibia y blanda, pero era una mano muy grande. -A veces me llaman Buff -dijo.

Y de nuevo callaron. Esperaron, tendidos en la hierba. La luna ahora estaba muy alta y brillante, y esperaban la protección de las nubes.
De pronto el soldado resopló.

-¿Qué te pasa?

-Nada -dijo, pero resopló de nuevo-. ¡Un ataque al corazón! ¡Un ataque al corazón! No me entra en la cabeza... El buen Billy Boy reventando de un ataque al corazón, pum, se acabó. Un ataque al corazón... ¿no es increíble?

El soldado Paul Berlin sonrió. No pudo evitarlo.

¿Alguna vez oíste algo parecido?

Hasta ahora no -dijo Paul Berlin, aún sonriendo.

Yo tampoco -dijo el soldado en la oscuridad-. Dios mío, morir de un ataque al corazón. ¿No lo conocías, verdad?

-NO.

-Fuerte como un toro.

-Ajá.

¿Y qué le pasa? Un ataque al corazón. ¿Te imaginas?

-Sí -dijo el soldado Paul Berlin-, me imagino. -Y lo imaginaba claramente. Rió, no pudo evitarlo. Imaginó al padre de Billy abriendo el telegrama: LAMENTAMOS INFORMARLE QUE SU HIJO BILLY BOY AYER SE MURIó DE MIEDO EN ACCIóN EN LA REPúBLICA DE VIETNAM, SUCUMBIENDO GALLARDAMENTE DE UN ATAQUE AL CORAZóN SUFRIDO EN CONDICIONES DE ENORME TENSIóN, Y DESEAMOS MANIFESTARLE NUESTRA... Rió de nuevo. Rodó sobre el vientre, se tapó la cara con los brazos. La risa lo hacía temblar.

El soldado corpulento chistó, pero él no podía dejar de reír ni de recordar la tarde calurosa, y al pobre Billy Boy, y que habían bebido Coca de latas de aluminio rojas, y que empezaron el día de marcha, y que un poco más tarde el pobre Billy Boy pisó la mina, que hizo un ruidito -puiíf- y Billy Boy se quedó allí boquiabierto, mirando el suelo, meneando la cabeza, con aire sorprendido. Y luego Billy Boy se sentó con
mucha naturalidad, sin una palabra, el pie detrás, casi todo aún en la bota.

Paul Berlin rió más ruidosamente. No podía parar. Se mordió el brazo, para contenerse, pero recordaba.

-La guerra terminó, Billy -había dicho el hombre para consolarlo, pero Billy Boy se asustó y rompió a llorar y dijo que era el fin.

-Todo terminó -repetía, asustándose.

-Pamplinas --dijo el médico, Doc Peret, pero Billy Boy seguía aullando, tensándose, la cara pálida y transparente y las venas hinchadas. Duro de miedo. Aun después que Doc le inyectó morfina, Billy Boy seguía llorando.

-¡Cállate! -susurró el soldado corpulento, pero el soldado Paul Berlin no podía contenerse. Reía y recordaba, y se tapaba la boca. Le ardían los ojos recordando cómo Billy Boy había muerto del susto.

-¡Cállate!

Pero no podía dejar de reír, así como Billy Boy no podía dejar de llorar esa tarde.

-En realidad Billy Boy murió de un ataque al corazón explicó más tarde Doc Peret-. Tuvo miedo de estar muriendo, tanto miedo que sufrió un ataque al corazón, y eso fue lo que en verdad lo mató.

Así que envolvieron a Billy Boy en una manta de plástico, los ojos aún abiertos y vidriosos, y lo llevaron por el prado hasta el arrozal; luego, cuando llegó el helicóptero de evacuación, lo cargaron por el arrozal y lo subieron a bordo; de pronto estallaron cosas por todas partes, hubo aullidos en el calor, y el helicóptero se elevó bruscamente y Billy Boy salió despedido, cayendo despacio y luego más rápido, y el agua del arrozal estalló como si Billy Boy acabara de realizar una larga y peligrosa zambullida, o como si Billy hubiera muerto de un ataque al corazón.

- ¡Cállate, diablos! --susurró el soldado corpulento, pero Paul Berlin no podía contenerse, recordando: muerto de miedo.

Más tarde se habían metido en el arrozal para rescatarlo, buscando a Billy con las culatas de los rifles, tanteando pulcra y delicadamente el agua densa, y algunos cantaban Where have you gone, Billy Boy, Billy Boy, oh, where have You gone, charming Billy? Lo encontraron. Verde y cubierto de algas, los ojos abiertos y aún asustado, muerto de un ataque al corazón.

¡Basta! -chilló el soldado, sacudiéndolo.

Pero el soldado Paul Berlin no podía parar. Las risas salían de un lugar en lo profundo de sus entrañas, el lugar que secretaba la sustancia púrpura del miedo, y no podía parar. Riendo de espaldas, vio que la luna se movía, o que las nubes se movían sobre la luna. Herido en acción, muerto de miedo. Una buena historia de guerra. Contaría a su padre cómo Billy Boy Watkins había muerto de miedo, y nunca confesaría... No podía parar. Tenía miedo, y no podía parar.

El soldado lo sofocaba. Trató de resistirse, pero la risa lo había debilitado, y tenía los ojos húmedos.
Después las nubes cubrieron la luna. La columna se puso en marcha. Estaba cansado. El soldado lo ayudó a levantarse.

-¿Ahora estás bien?

-Claro.

-Pueden matarte, si te ríes así.

-Lo sé. Lo sé.

-Tienes que conservar la calma, amigo. Ése es el secreto, conservar la calma. -El soldado le entregó el rifle- Media batalla, por lo menos, conservar la calma. Ya aprenderás. Ahora vamos.

Se volvió, y el soldado Paul Berlin lo siguió de prisa. Aún estaba temblando.

Adoptó el ritmo de la marcha, se puso a contar de nuevo, cada paso, uno por uno. Mareado, encandilado en la gran oscuridad, perdió la cuenta, que era discontinua, azarosa, un borroso y tambaleante y caótico caudal de números que le atravesaba la cabeza como un torrente. Adelante, en silencio, la columna de soldados seguía adentrándose en la noche. Se sentía mejor. Nunca más tendría tanto miedo. Eso pasaría a la historia, se transformaría en una anécdota graciosa y triste para contar a su padre y sus amigos, que le creerían o no le creerían, y más tarde habría más historias. Apuró el paso. En la mañana le iría mejor. Una historia de guerra, una buena broma. Cerró los ojos y caminó, y olió muchas cosas. Olió la hierba y los árboles y los bancos de niebla baja, y pronto pudo oler el mar, pero no pudo dejar de tener miedo.